Cuando la muerte es el fruto de una buena labor


    Recuerdo hace algunos años, cuando mi pluma aún era soñadora y mi mente aún tenía la capacidad de asombro, el sentirme agobiado por la muerte de Parmenio, el sentirme preocupado por algún día ejercer como comunicador.

    Lamentablemente más allá de la muerte, la zozobra ya no existe al ejercer como comunicador, sino solamente, un simple sentimiento de aceptación, un poco de dolor recetado que digiero día con día con el sello en mi mente, de que el único reconocimiento de un colega, es morir acribillado injustamente por querer hacer un cambio, por desear que sus palabras denunciativas crearan un mundo mejor.

    Y es que, si repasamos la historia trágica del periodismo, que es la única que ingratamente se recuerda, la cantidad de “Javier Valdez” asesinados en Latinoamérica, siendo México el principal nicho de decesos, es tan grande que uno debe preguntarse, si es acaso posible que los grupos de poder se deleiten con esto, porque es inadmisible que las personas que se esfuerzan por difundir la verdad, sean olvidadas por la sociedad.

    El eco silenciado de la verdad es el mayor enemigo de nuestra profesión, ya que puede como lo hace una enfermedad terminal, degradar nuestra lengua y atemorizar nuestros sentidos, evitando hacer lo que más amamos, por el simple hecho de sonreír cobardemente un día más.

    Javier Valdez es el ejemplo reciente de la veracidad de nuestra profesión, de la lucha contra los grupos de poder, del querer denunciar pese a toda la adversidad, a sabiendas y con la fe innata en que el don de la palabra, es el primer paso para crear una diferencia en la sociedad, que beneficie a cada uno de nosotros, pese a las consecuencias.

    Es por esto, que más allá de divagar entre los terribles números de cientos de “Javier Valdez” asesinados por cumplir su labor, o detenerse a pensar en la falta de garantías para ejercer el periodismo hoy día, debemos simplemente autoevaluarnos y debatirnos en cómo ser un digno representante de un oficio ingrato a los ojos, pero imprescindible en la historia y bastión de la sociedad.

    El honrar con un trabajo dedicado, humilde y al servicio de la sociedad, sin importar las consecuencias, es el único norte a seguir cada vez que, muy seguidamente, alguien haga la observación seca y fría: “murió otro periodista”, devolviendo con una sonrisa respetuosa el comentario, a sabiendas de que un colega más dio su vida para que nosotros honremos con calidad esta profesión.


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